Mateo descubre el verdadero tesoro de su aventura: el amor, las palabras y las historias familiares que viajan de generación en generación.
Mateo se quedó sentado frente al mapa.
La pantalla se había apagado, pero las últimas palabras de su abuelo seguían dando vueltas en su cabeza.
"La palabra que buscas salió de aquí…"
El abuelo se había señalado el corazón.
"…y llegó hasta ahí."
Y después lo había señalado a él.
Mateo puso una mano sobre su pecho.
Miró el mapa.
Perú.
Suecia.
La línea roja que unía lugares tan lejanos.
La casa donde había crecido su abuelo.
Y aquella frase:
LA PALABRA QUE VIAJÓ.
Mateo pensó.
¿Qué podía viajar desde el corazón de su abuelo hasta el suyo?
Pensó en el español.
Claro que el español había viajado.
Su abuelo se lo había dado a su padre.
Y su padre intentaba dárselo a él.
Pero el abuelo había dicho que estaba cerca.
Así que no era esa la respuesta.
Mateo cerró los ojos.
Pensó en sus abuelos.
En las videollamadas.
En las vacaciones.
En las risas.
En los abrazos cuando llegaban al aeropuerto.
En todas aquellas veces que el abuelo lo llamaba explorador.
Pensó en las historias que había escuchado desde pequeño.
Historias de Perú.
Historias de Suecia.
Historias de cuando su padre era niño.
Historias que habían ocurrido mucho antes de que él naciera y que, sin embargo, también sentía un poco suyas.
Todas aquellas vivencias habían ocurrido en lugares diferentes.
En momentos diferentes.
Incluso en idiomas diferentes.
Pero había algo que estaba en todas.
Mateo abrió los ojos.
Miró su mano, todavía apoyada sobre el pecho.
Y lo entendió.
—Amor.
Lo dijo muy bajito.
Después volvió a mirar el mapa.
—¡Amor!
Se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación.
—¡Papá!
Su padre estaba en la cocina.
—¿Qué pasa?
Mateo apareció con el mapa entre las manos.
—¡Ya sé la palabra!
Su padre dejó lo que estaba haciendo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Mateo puso una mano sobre el corazón, exactamente como había hecho su abuelo.
—Es amor.
Su padre lo miró en silencio.
Mateo empezó a explicarse atropelladamente.
—Porque el abuelo… Perú… y tú… y nosotros…
Las palabras se le mezclaban.
—Allt som hände… todas las cosas… las historias… cuando estamos juntos…
Su padre no dijo nada.
Esperó.
Mateo respiró.
—El amor viaja.
Su padre sonrió.
—Sí.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿He ganado?
Su padre soltó una carcajada.
—Esto no era una competición.
—Bueno… ¿he terminado?
—Casi.
Mateo puso los ojos en blanco.
—¡Otra vez casi!
Su padre se rió.
Después abrió uno de los cajones de la cocina.
Sacó un sobre amarillo.
Mateo dejó de reír.
Reconoció inmediatamente aquella letra.
En el sobre ponía:
PARA MATEO.
CUANDO ENCUENTRE LA ÚLTIMA PALABRA.
Mateo lo cogió.
—¿Lo tenías tú?
—Desde hace mucho tiempo.
—¿Tú también hiciste todo esto con el abuelo?
Su padre sonrió.
—Digamos que fui su ayudante.
Mateo negó con la cabeza.
—Estáis locos.
—Puede ser.
Mateo abrió el sobre.
Dentro había una carta.
Esta vez no había acertijos.
Ni pistas.
Ni palabras escondidas.
Mateo empezó a leer.
"Querido explorador:
Si estás leyendo esta carta, ya has encontrado lo que quería enseñarte.
Cuando dejé Perú para vivir en Suecia, pensé que lo más difícil sería decidir qué meter en la maleta.
Con los años comprendí que las cosas más importantes nunca estuvieron dentro de ella.
Me llevé las voces de las personas que quería.
Las historias que habíamos vivido juntos.
Las canciones.
Las risas.
Las palabras que había escuchado desde niño.
Y, sobre todo, me llevé el amor.
Y todas aquellas cosas empezaron a formar parte también de la historia de tu papá a medida que iba creciendo en su nuevo país.
Muchos años después naciste tú.
Y el viaje continuó.
Por eso quería regalarte este mapa.
Para que algún día comprendieras que pertenecemos a muchos lugares, pero hay cosas que no necesitan un lugar para existir.
Viajan con nosotros.
El español es una de ellas.
No porque tengas que hablarlo perfectamente.
No porque debas encontrar siempre la palabra correcta.
Sino porque dentro de esas palabras viven personas que te quieren, historias que también son tuyas y una parte de la familia que llegó hasta ti desde muy lejos.
Habrá días en los que hablarás español.
Otros en los que te saldrá primero el sueco.
Y muchas veces mezclarás los dos.
No pasa nada.
Yo también he vivido entre dos idiomas.
Solo quiero que recuerdes una cosa:
Las palabras que nacen del cariño siempre encuentran la manera de viajar.
Y ahora el viaje continúa contigo.
Te quiero, explorador.
Abuelo."
Mateo terminó de leer.
Se quedó mirando la última palabra.
Abuelo.
Su padre estaba a su lado, pero no dijo nada.
Mateo dobló la carta con cuidado.
—Papá...
—¿Sí?
—¿Cuándo vamos otra vez a Perú?
Su padre sonrió.
—Todavía falta un poco.
Mateo miró el mapa que llevaba en la otra mano.
—Quiero ir a la casa.
—¿A la casa del mapa?
—Sí.
Se quedó pensando.
—Y quiero que el abuelo me cuente todo.
—Me parece que necesitaréis muchos días.
Mateo sonrió.
—No importa.
Guardó la carta dentro del sobre.
Después volvió a su habitación.
Colocó el mapa dentro del cofre.
También las notas.
Y finalmente guardó la carta.
Iba a cerrar la tapa cuando se detuvo.
Cogió un lápiz y una hoja.
Escribió despacio:
Para el próximo explorador.
La miró durante unos segundos.
Luego añadió:
Todo empieza con una palabra.
Dejó la nota dentro del cofre y cerró la tapa.
CLAC.
Aquella noche, cuando su padre entró en la habitación para darle las buenas noches, Mateo ya estaba metido en la cama.
—Buenas noches, campeón.
—God natt, pappa.
Su padre sonrió.
—Buenas noches.
Apagó la luz.
—Papá...
—¿Sí?
Mateo permaneció unos segundos en silencio.
—Te quiero.
Su padre se quedó quieto junto a la puerta.
—Yo también te quiero, Mateo.
Y aquella noche nadie pensó en qué idioma habían sido pronunciadas aquellas palabras.
Porque algunas palabras no pertenecen a un idioma.
Pertenecen a las personas.
Y mientras haya alguien dispuesto a pronunciarlas, escucharlas y compartirlas...
seguirán viajando.
FIN
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