🗺️ Capítulo 3. Empieza por casa

🗺️ Capítulo 3. Empieza por casa

Mateo sigue las pistas de su abuelo y consigue abrir el misterioso cofre. Pero dentro lo espera un mapa y una nueva aventura.

Mateo volvió a leer las tres palabras escritas detrás del sobre.

EMPIEZA POR CASA.

Miró alrededor.

Su habitación seguía exactamente igual que cinco minutos antes.

La cama.

La estantería.

Los libros.

El coche rojo sobre la alfombra.

La fotografía de sus abuelos.

—Casa… casa…

Se levantó.

Quizá tenía que buscar algo.

Miró debajo de la almohada.

Nada.

Abrió el cajón de su escritorio.

Lápices, cromos, una piedra que había recogido en la playa el verano anterior y tres piezas de LEGO.

Nada.

Revisó la estantería.

Nada.

—Abuelo… —murmuró—. Tu pista es malísima.

Entonces oyó la voz de su padre desde la cocina.

—Mateo, ¿quieres merendar?

—Ja!

Se quedó quieto.

Había respondido en sueco sin pensar.

Como siempre.

Y entonces recordó la pista original.

"Cinco letras tendrás que encontrar.

En este país frío no me verás crecer.

Alguien de tu familia me echa mucho de menos

y en casa mi historia has oído más de una vez."

EMPIEZA POR CASA.

Quizá su abuelo no se refería a buscar algo escondido en la casa.

Quizá se refería a las cosas que ocurrían dentro de ella.

A las palabras que había escuchado allí desde que era pequeño.

Pensó en su padre.

En sus abuelos.

En las videollamadas.

En los veranos en Perú.

En las comidas familiares.

Y entonces recordó una historia que había escuchado tantas veces que casi podía verla.

Sus abuelos todavía vivían en Suecia.

Un sábado habían encontrado unos mangos en el supermercado.

El abuelo se había puesto contentísimo.

El mango era su fruta favorita.

Siempre hablaba de los mangos de Perú y de cuánto los echaba de menos.

Aquellos parecían perfectos.

Grandes.

Naranjas.

Deliciosos.

Los abuelos compraron varios y, después de comer, toda la familia esperaba con ganas el postre, los deliciosos mangos.

El abuelo cogió uno.

Lo cortó.

O, al menos, lo intentó.

Estaba durísimo.

Probó con otro.

Igual.

—¡Esto no es un mango! —había protestado.

—¿Entonces qué es? —preguntó el padre de Mateo.

El abuelo había levantado la fruta como si acabara de descubrir algo extraordinario.

—¡Un pedazo de madera disfrazado de mango!

Todos se echaron a reír.

La historia había vuelto a aparecer muchas veces después.

En las comidas.

En las videollamadas.

Cada vez que alguien compraba un mango.

—Cuidado —decía siempre el abuelo—. A ver si va a ser otro pedazo de madera.

Mateo sonrió.

Mango.

De repente dejó de sonreír.

—Mango…

Cinco letras.

Miró el candado.

Cinco ruedas.

Su corazón empezó a latir más deprisa.

Ahora sí.

Corrió hacia el cofre.

Puso los dedos sobre las ruedas.

M.

A.

N.

G.

O.

Se quedó inmóvil.

Durante un segundo no ocurrió nada.

Y entonces...

CLIC.

Mateo dio un salto.

—¡Sí!

El candado se abrió.

y se cayó sobre la alfombra.

Por primera vez desde que había encontrado aquel cofre, no estaba pensando en sueco.

Ni en español.

Ni en qué palabra pertenecía a qué idioma.

Solo quería saber qué había dentro.

Apoyó las dos manos sobre la tapa.

Respiró hondo.

Y la levantó.

Dentro había un mapa cuidadosamente doblado.

Encima, un pequeño sobre.

Mateo lo cogió.

En la parte delantera solo había dos palabras:

PARA EL EXPLORADOR.

Lo abrió.

Dentro encontró una nueva nota.

Esta vez era muy corta.

"Muy bien, Mateo.

Has encontrado la primera palabra.

Pero este mapa no lleva a un lugar.

Lleva a una historia.

Y para descubrirla tendrás que seguir las palabras.

Abuelo."

Mateo desplegó el mapa sobre la alfombra.

Lo observó.

Y abrió mucho los ojos.

Conocía aquel lugar.

O, al menos...

Creía conocerlo.

Continuará…

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